Algunas personas consideran que es de mal gusto tratar de forma cómica las situaciones trágicas; sin embargo, el humor negro es liberador, no permite que los infortunios nos afecten y hace de nuestro sufrimiento una fuente de placer.
Uno de los caricaturistas que han tratado el humor negro con más agudeza es Charles Samuel Addams, quien publicó unas mil trescientas viñetas en la revista The New Yorker. Su creación más notable fue “La Familia Addams”. Todos sus cartones son geniales; pero, hace unas semanas, recordé un cartón en especial: Morticia, su esposo Gómez, sus hijos Wednesday y Pugsley contemplan, a través del ventanal de su mansión gótica, un ventarrón que amenaza con arrancar un árbol. El dibujo es del tipo “one-liner” (viñeta acompañada de una línea de texto), el más difícil de lograr, ya que tanto la caricatura como la oración deben funcionar simultáneamente. El personaje que habla en la caricatura es Gómez, quien exclama inspirado por el paisaje ventoso: “¡Hoy es uno de esos días en los que te sientes feliz de estar vivo!”.
El 18 de marzo, en Monterrey, fue uno de esos días… Fuertes vientos dejaron a 564 mil usuarios sin energía eléctrica, y a 535 mil hogares sin agua. El viento derribó 339 postes, 280 anuncios y mil 610 árboles, y causó daños en 132 vehículos, 714 edificios, comercios y viviendas; además, 217 semáforos no funcionaban. La calidad del aire se deterioró; se llegó hasta los 833 imecas, cuando el nivel normal es de 100 imecas. Los perjuicios causados por el viento ascendieron a los 256.8 millones de pesos. No obstante, las pérdidas económicas pasan a un segundo plano ante la muerte, a raíz del ventarrón, de tres personas.
El gobernador Natividad González Parás aseguró que Monterrey sufrió la contingencia eólica más grave de su historia. También debió decir que el estado de Nuevo León no se encuentra preparado para enfrentar vientos de entre 66 y 95.5 kilómetros por hora; a pesar de que las edificaciones y los anuncios deben estar diseñados para resistir vientos superiores a los 100 kilómetros por hora.
Sin embargo, pese al caos que reinó en la ciudad, en la mayoría de los hogares se vivió otra historia; sin energía eléctrica, tampoco hubo televisión ni Internet, sólo la oscuridad, la compañía de la familia y el arte de la conversación.
Se podían ver, a través de la ventana, los árboles a punto de ser arrancados de la tierra, los tinacos y otros objetos volando, el sonido de los fuertes vientos, pero no importaba, pues era uno de esos días en los que te sientes feliz de estar vivo.