Cuando escuché la noticia bomba de Nueva York, no supe si reír, gritar o rezar una plegaria para que los demonios ya no se aproximen a la tarima política y se vuelvan a llevar a otro de los prodigios de la política de este país.
El año pasado, los malos espíritus lujuriosos estuvieron de paso por Los Ángeles. El alcalde angelino Antonio Villaraigosa estuvo haciendo malabarismos políticos y organizando una que otra mentirilla para defender sus amoríos frívolos con una belleza del noticiero Telemundo. Meses antes su colega de San Francisco, Gavin Newsom, había metido la pata al aceptar los encantos sagaces de la esposa de uno de sus mejores amigos de trabajo. En Orange County, el Sheriff Mike Carona todavía está en un calvario junto a sus “dos mujeres”.
El gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, está pasando por los mismos momentos de desesperación. El escándalo que propició su amorío es mucho más comprometedor que los problemas de Villaraigosa, Newsom y probablemente del mismo calibre de Carona. Spitzer cometió adulterio al contratar los servicios de una prostituta, pero también utilizó bienes patrimoniales de su gobierno para saciar sus apetitos sexuales. Es decir, el estado estaba pagando los “bills” de su fechoría.
En sus momentos de grandeza, algunas personas de Nueva York lo compararon con el implacable Eliot Ness de los años 20. Sin embargo, después de que le sacaron los trapitos al sol, Spitzer luce como el emperador de las prostitutas neoyorquinas.
Cuando llegó a la Procuraduría de New York en 1998, Spitzer hizo temblar a los tipos más poderosos de la “gran manzana”, los hizo arrodillarse, les hizo pedir perdón y les hizo pagar con creces sus malas acciones. Los primeros afectados por la cruzada de Spitzer fueron los corredores y jugadores de Wall Street. Después de un proceso largo en las cortes estatales, los malhechores sintieron el peso de la ley.
De momento Spitzer fue admirado, su gente le rindió honores y le dieron el título de “defensor del año” por su carácter y sus juicios de entonces.
Hoy Spitzer está pagando sus propios platos rotos. El éxtasis de su vida loca duró unos cuantos meses o tal vez un par de años. Pagó alrededor de 5,000 dólares por hora a unas mujeres preciosas; contrató hoteles lujosos para saciar sus instintos carnales y prohibidos.
El romance con las prostitutas del Club Emperador le duró muy poco, le va a costar su trabajo, credibilidad y una crisis familiar que posiblemente lo lleve al divorcio.
En consecuencia, la bomba explotó en la “gran manzana”. El golpe del estallido fue muy certero y Spitzer no logrará sobrevivir las consecuencias de esa explosión. Así de simple.
Humberto Caspa es profesor adjunto en la Universidad Estatal de California Long Beach. Para comentarios: hcletters@yahoo.com.