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Publicado el viernes 29 de febrero del 2008

REPORTE MÉXICO: Eufrosina Cruz [Por Rocío Ortega]

Diario La Estrella

Salió de su pueblo a los 11 años de edad desafiándolo todo. Se había visto en el espejo de su hermana y de las mujeres de la comunidad y lo que vio no le gustó: su hermana, a los 12 años de edad, fue obligada a contraer un matrimonio arreglado por sus padres –como es todavía común en las regiones rurales e indígenas en México-.

Se vio en el espejo en el que las mujeres de su comunidad sufren jornadas que empiezan a las 3 de la madrugada y terminan –si bien les va- a eso de las 11 de la noche: Tienen que hacer tortillas a mano para que desayune el marido antes de irse a la milpa; luego siguen trajinando, ya sea cargando sobre la espalda leña para el comal, mientras llevan en brazos al más pequeño de los cinco, seis o más hijos que rondan por ahí mal nutridos, descalzos, desaseados; llevando hasta las milpas la comida caliente a los hombres que trabajan en el campo, regresar y hacer más tortillas para la cena, preparar el nixtamal para el siguiente día… y así pasa su vida; calladas, silenciosas, resignadas, más no conformes.

Tan inconformes, como aquella niña que a sus cortos 11 años se rebeló al destino que le tenían preparado, porque así es en las comunidades indígenas y en muchas comunidades rurales de México, el destino de una mujer no lo decide ella, sino los hombres. ¿Por qué?, por el sólo hecho de ser mujer.

Ser mujer en esas regiones, especialmente en zonas indígenas del sur del país significa no tener palabra, ni derechos, no valer nada; ahí tiene más valor una silla de montar o una vaca que una mujer. Y todo porque alguien, argumentando el respeto a los “usos y costumbres” de los pueblos indígenas, se obstina en seguir negando el carácter de ser humano, ya no digamos de ciudadanas, a las mujeres.

Generalmente ese alguien, ese “vigilante celoso” de los usos y costumbre es un hombre, el cacique del pueblo, el hombre de la casa, pero siempre un hombre.

Pero Eufrosina Cruz, como algunas otras mujeres que en el anonimato sostienen una lucha encarnizada contra los usos y costumbres, contra los convencionalismos sociales, contra los fantasmas y las culpas que la religión; la tradición y la cultura “de lo que debe ser” les impiden ser ellas, se enfrentan al sistema (lo que sea que esto represente), luchan por una causa: libertad para que las mujeres de su comunidad puedan decidir lo que quieren ser y hacer, que tengan el derecho a hablar, opinar, proponer, “sentarse en la mesa junto a los hombres y no en el petate como les está obligado a hacerlo”.

El 4 de noviembre de 2007 Eufrosina Cruz compitió por la presidencia municipal de su comunidad, Santa María Quiegolani, pero las actas con votos a su favor fueron eliminadas. ¿La razón? Ser mujer y profesionista (es contadora pública).

El Congreso de Oaxaca también recurrió al argumento de los “usos y costumbres” para negarle sus derechos ciudadanos; por eso Eufrosina quiere que se modifique la ley para que el caciquismo no tenga pretextos para seguir abusando de las mujeres indígenas oaxaqueñas. En días recientes visitó la Ciudad de México para seguir dejando oír su voz, a pesar de las amenazas de muerte que dice ha recibido por no callar.