Este mes se cumplen nueve años de que me hice mamá; aunque si contamos los nueve meses de embarazo, se trata prácticamente de una década. Ahora que mi hija se acerca a la prepubertad quiero hacer un recuento breve de este tiempo.
Para empezar, yo no tenía planes de ser mamá; ni el Esposo. Él porque ya había pasado cinco veces por esa experiencia y yo porque me sé poco normal como mujer y creyendo que la maternidad es para las mujeres normales, pues no me iba a tocar.
Además, vivía muy contenta sin hijos, enamorada de mis tres sobrinos. Otro ‘pero’ que le veía a eso de la maternidad cuando me derretía ante un bebé en la tienda era que quién era yo para echarle a perder la vida a un ser humano y que cambiar pañales seguro es cosa dificilísima.
Así las cosas fue que, incrédulos, confirmamos la presencia del bebé en mi útero y en nuestra vida. Ese día, recuerdo, fue el día que dejé de fumar. Como soy una mujer muy literal, me tomé en ese sentido todas las instrucciones del médico, ya que por varios factores era lo que se considera un embarazo de alto riesgo. Algo que me recomendaron fue hacerme una prueba para detectar si el bebé sería bebé Down o con alguna malformación congénita, a lo que dijimos que no porque para entonces yo ya estaba convencida de que este bebé era —también literalmente— un obsequio de Dios, Universo o Poder Mayor y que los regalos se aceptan con humildad.
El día que dejé de fumar también comencé un diario para mi bebé donde le platicaba los aspectos cotidianos de mi embarazo; donde le narraba sueños en los que aparecía siempre como niña, lo bien que nos veían los médicos a pesar de todo, las canciones que iba descubriendo para ella, las puestas de sol que me conmovían, etc.
Viví mi embarazo como el periodo de mayor plenitud en mi vida. Me encantaba sentir a mi hija y nada deslavaba ese privilegio: ni los piquetes constantes para monitorearme la glucosa, ni las inyecciones de insulina, ni las visitas cada semana al hospital, ni la dieta estricta, ni el reposo obligatorio hacia el final, ni el agotamiento, ni el tener que dormir sentada, ni sentir los terribles jalones de la obstetra que intentaba ponerla de cabeza para procurar el parto natural. Nada le quita a esos nueves meses de febrero a noviembre del 98 esa quieta felicidad, esa alegría insospechada de saber que en mí se gestaba un ser humano.
El día que llegó Ella fue un martes. Tuvo que nacer por cesárea después de 24 horas de intentar provocar el parto natural. Nació a las 7:53 de la mañana. Diminuta y frágil, de 6 libras 11 onzas de peso y 18 pulgadas tres cuartos de largo, la cabeza tapizada de cabello, con un poco de ictericia, manchas azules en las nalguitas y baja su glucosa al grado de que inmediato se la dieron al Papá para que le alimentara su primer biberón.
Cierta extrañeza los primeros días; constatar su existencia, su ser, primero en mí y luego fuera de mí. Su mirada en la mía, viéndonos con intensidad e intención, reconociéndonos, ella a mí como su madre y yo a ella como Mi Hija. Atesorar cuando se dormía en mi pecho y yo con ella quietecitas en el sillón de la sala respirándonos mutuamente, su calor y el mío confundidos.
Sus primeras sonrisas, amamantarla, cambiarle los pañales, no cansarse de verla; a todas partes como una. Pasaron los tres meses del periodo de licencia laboral y luego había que volver al trabajo. Dejarla con su abuela y yo sentir un desgarramiento —otra vez literal— cuando cada átomo de mi cuerpo me impulsaba hacia ella y tener que luchar, acallar ese instinto cierto porque hay que trabajar, ahora más que nunca por y para ella.
Se dan las cosas como un vértigo: el primer cereal, el primer corte de cabello, el primer dientecito, el primer gateo, el primer solito, los primeros pasos, las primeras palabras, los primeros berrinches y rebeldías. Cada evento es una maravilla y uno está convencido de que no hay madre que lo viva con tanto amor como uno, de que no hay bebé que entienda tanto y tan pronto como el nuestro. Es un idilio perfecto. Ella lo es todo para mí y yo soy —también literalmente— su Todo.
Luego mi hija se hace párvula de prekinder y la primera vez que hay que dejarla en el colegio, cuando todavía no cumple los tres, es otro desgarramiento para ambas. Pero uno se hincha de un amor que no se puede contener en el cuerpo cuando la ve de uniforme y zapatitos de charol, trencitas todavía húmedas del baño y su mochila rosa que es casi más grande que ella; y ella con el pulgar en la boca, intentando sosegarse solita ante tanta novedad y cosa extraña.
Luego de repente la niña es niña que lee y allí empieza otra etapa.Está a un año de empezar la primaria propiamente dicha y habrá tareas y descubrimientos que hacer, como los de este fin de semana en que preparándose para su examen del aparato digestivo, ya en cuarto año, me explica que el esófago es un conducto que mide 25 cm y que el intestino delgado adulto mide de 7 a 8 metros. O cuando le pregunto que cuánto es un kilómetro ella me dice que “¡uf!, muy muy largo”.
También es época de rebeldías y de definir su individualidad. “A ti no te parece difícil, pero tú no eres yo”; “Ese es tu gusto, no el mío”. Y tener que morderse los labios porque efectivamente somos dos personas muy distintas. O sea que mi hija es la persona que tiene que ser, no la persona que yo pienso debe ser. Y eso no es fácil. Hay que domar nuestras expectativas y asegurarnos de darle espacio para ser.
Creo que como mujer y como madre es una de las lecciones más difíciles de aprender y que más humildes te obligan a ser: tus hijos serán dueños de sí mismos, determinarán qué rumbo habrán de seguir, qué sueños habrán de perseguir. A lo más que uno puede aspirar es a inculcarles valores que uno espera no pasen de moda: un alto sentido del deber y de la moral, del trabajo, del respeto; amor por la familia y los seres humanos, por el planeta y por sí mismos. Lo demás será cuestión de ellos.
Y en cuanto si habremos cumplido con este no fácil cometido, ellos y el tiempo lo dirán. Por lo pronto que prendan las velas para cantarle a mi niña Las Mañanitas.