MÉXICO, DF - Vicente Leñero asegura no haber leído uno solo de sus libros después de publicado. No se atreve. Ni siquiera ahora que Joaquín Mortiz ha reeditado sus novelas
Redil de ovejas, El garabato, Estudio Q y
El evangelio de Lucas Gavilán.
"Son novelas que me habían descatalogado y que me interesaban, no tanto porque fueran buenas, regulares o..., sino porque me gusta que exista el libro como una posibilidad", señala el Premio Nacional de Ciencias y Artes.
A estas reediciones se suma la publicación de su
Teatro completo por el FCE. Serán tres libros, el último dedicado a sus memorias
Vivir del teatro, cuyo tercer volumen había dejado pendiente.
Alfaguara también le publicará próximamente un libro de cuentos:
Gente así.
Defiende derecho a equivocarseAl reunir las obras para la publicación del primer volumen de su
Teatro completo, Vicente Leñero pensó en eliminar las piezas que sabía fallidas, como
Compañero y
Alicia, tal vez, pero no se dejó llevar por el impulso. Creyó más en el derecho que tiene todo escritor a equivocarse, a hacer las cosas mal.
"Igual que no existe el ser humano perfecto, tampoco la literatura, el teatro perfecto. Si uno no quiere exhibir sus errores, sus fallas, sus altibajos, no da la imagen de ser un escritor vivo, sino temeroso, alguien que no soy yo".
Este lunes, Leñero cumple 75 años. Arriba a la cita con buena salud, la memoria fatigada y "sin mucha pasión" por la escritura, que ha transmutado en un creciente gozo por la lectura.
Hace tiempo que dejó de escribir teatro, y cerró en 1999, con La vida que se va, su obra novelística. Tampoco hace ya guiones de cine; lo suyo ahora es el cuento, narraciones en las que mezcla realidad y ficción, verdad y mentira. Metido en ese juego, de vez en vez le da por pensar qué habría sido de su vida si no hubiera escogido la literatura como destino.
"Me hubiera gustado ser beisbolista", dice, "dedicarme a alguna actividad alejada del arte, como ajedrecista".
Cumplir 75 años equivale para Leñero a culminar, empatado con la vida, su primer tiempo extra, como en el futbol.
"Me falta aún el segundo, de los 75 a los 80 años, y si no hay un gol de oro, vendrán luego los penalties. Si uno vence, gana la vida eterna, y si pierde, la muerte eterna, el infierno".
¿Cómo imagina la vida después de la vida?
No sé, me imagino la vida eterna como una posibilidad. Es como un anhelo, está lleno de interrogaciones, casi como una apuesta.
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Leñero es el segundo varón de seis hermanos, y sin ser el primogénito, lleva el nombre de su padre. En
Flashbacks, recuerda cómo don Vicente, un gran lector, tomaba las novelas de Julio Verne y doblaba la punta de las hojas donde venían las descripciones técnicas para que pudieran saltárselas si querían.
"Tenía temor de que eso evitara que siguiéramos leyendo".
Al principio, leer y escribir cuentos equivalía para Leñero a hacer lo que su padre admiraba. "Yo viví un poco la búsqueda del padre... Todo eso influye en cómo se despierta una vocación, pero podría haber sido otra".
En 1959, se casó con Estela y se graduó como ingeniero en la UNAM. De vuelta del viaje de bodas, tristeaba en una compañía de instalaciones sanitarias cuando su esposa lo animó a que lo dejara.
"Ella fue fundamental. Mi padre siempre le decía: ‘Convence a Vicente de que no deje la ingeniería: las letras pueden dar brillo, pero no dan para comer’. Para Estela fue muy natural: ‘si no te gusta la ingeniería, renuncia’. Y me conectó con una amiga para hacer radionovelas".
Fue un tiempo de "chambitas", de dar clases y escribir guiones, cuando aún no imaginaba lo que vendría en
Excélsior y
Proceso. En esa época también estuvo expuesto, en el Centro Mexicano de Escritores, a dos fuerzas poderosas: Juan José Arreola y Juan Rulfo.
"Leer
Pedro Páramo significó mi nacimiento a la literatura; en mis primeros cuentos tenía el rulfismo metido en la sangre. Quien me abrió los ojos fue Arreola; me enseñó el valor, el sentido de las palabras, la originalidad. Luego tomé talleres con Rulfo, pero quien me entusiasmaba era Arreola".
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"Lo quiero, pero no lo extraño", dice Leñero cuando se le pregunta sobre el teatro. Cuesta creerlo al leer en sus memorias,
Vivir del teatro, la aventura que significó cada nueva puesta, un camino que inició hace 40 años, con el montaje de Pueblo rechazado en el Xola.
"No, no lo extraño. El teatro mexicano está gobernado todavía por los directores, a quienes no les interesan demasiado los autores nacionales. Prefieren montar obras clásicas porque lo único que importa, parecería ser, es el fenómeno escénico".
Ninguna de sus más de 20 obras se quedó en el cajón. Sólo la última,
La concubina de San Agustín, espera montaje. Pero Leñero no tiene prisa.
El dramaturgo reconoce tres amigos y cómplices fundamentales en su trayectoria: el actor Enrique Lizalde, con quien creó la compañía Teatro Documental; Ignacio Retes, quien aceptaba "casi a ciegas" montar sus obras, y Luis de Tavira, autor de espectaculares puestas en las que su obra se fortaleció.
Periodista modelo, escritor preocupado por experimentar nuevas estructuras en sus novelas y en sus obras, Leñero libró también, junto a de Tavira, fuertes batallas contra la censura cuando el gobierno de Miguel de la Madrid intentó cancelar los montajes de
Martirio de Morelos (1983), una desmitificación de la figura histórica, y
Nadie sabe nada (1988), porque se tocaba en escena el Himno Nacional. Antes ya había enfrentado, junto a Retes, el intento oficial de eliminar de
Los albañiles (1969) lo "obsceno" de su lenguaje.
"Mis obras nunca nacieron de una provocación. Todo eso me tocó un poco azarosamente, siempre me sorprendió. Uno se da cuenta ahora de hasta qué punto vivíamos en una sociedad impregnada de autoritarismo".
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Por su fe católica, el tema religioso está presente en la obra de Leñero. Aparece en
Los albañiles, Redil de ovejas, El evangelio de Lucas Gavilán. Formado en el pensamiento rígido de Acción Católica, fiel a la Iglesia, fue adoptando con los años una posición cada vez más crítica.
"Una de mis preocupaciones ha sido el tema de la jerarquía eclesiástica, porque considero que ha difamado el pensamiento cristiano, lo ha pervertido. Por eso en mis novelas se nota cierto enojo contra esa jerarquía que ha deformado el cristianismo. Sólo hay que ver el Vaticano y a los católicos oficiales; uno se siente a veces malherido por las personas con quienes lo identifican, sobre todo con los panistas. Parecen acólitos de la Iglesia".
Las respuestas a sus preguntas sobre Dios se las fue dando la vida, dice, pero en la narrativa y el teatro pudo volcar sus preocupaciones.
"El cristiano que no juzga a los demás, en quien la compasión o la identificación hacia el otro es más importante, empata muy bien con la literatura, porque el escritor que se dedica a juzgar, a deturpar y malherir a sus personajes, es un mal novelista".
ASÍ LO DIJO"Antes era más fácil montar teatro, se podía hacer con productores privados; ahora tiene que ser con instituciones públicas: la UNAM o Conaculta. No se puede hacer un teatro verdaderamente independiente".
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"Las entrevistas permiten que la gente conozca al escritor, pero no hacen necesariamente que lo lea. A mí me interesan los autores por lo que escriben, no por lo que dicen. Prefiero el desconocimiento del autor".
Los rostros de LeñeroSon muchos los rostros de Vicente Leñero -el maestro, el hombre de fe, el amigo entrañable, el cómplice del teatro-, pero pocas personas tienen acceso a su intimidad. Algunos de sus amigos ofrecen aquí una colección de momentos vividos a su lado. Un prisma vital que permite sentir de cerca al escritor.
AL MAESTRO... NO TODO LO QUE PIDAEs como su hermano mayor, su tutor. Y hace caso a sus consejos. Ya encarrerado, el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda achica los ojos y dice: "¿Qué tanto le creeré que...?". Y empieza a contar:
"Una tarde me llama Cuauhtémoc Cárdenas, recién nombrado Jefe de Gobierno, para ofrecerme el cargo de delegado en la Miguel Hidalgo, que ya había sondeado y todos iban a darme su aval, pero tenía que decidirme ya, me dijo, porque al otro día se cumplía el plazo para la designación y luego él perdía esa facultad. Acepté, pero ya solo en mi casa, pensé qué hago, qué hago. Pues voy con Leñero. Y que me dice: ’olvídate, olvídate, yo conozco al ingeniero, fue mi compañero (en la UNAM), te va a usar, no seas tonto, y luego te va a abandonar cuando se vaya de candidato a la Presidencia. Mejor dedícate a escribir’. A las 7, temprano, que le marco al ingeniero: ’qué cree, no voy a poder, la Comisión Nacional Bancaria me lo prohibió’. No te preocupes, me dijo, yo soy amigo del presidente de la comisión, ahorita le hablo... total, que me le rajo. Y desde entonces, el ingeniero ni me saluda".
Rascón Banda forma parte de la primera generación de alumnos de Leñero; comenzó a tomar su taller en el CADAC, en 1975. Como autor, reconoce que le ha salido más díscolo.
"Leñero dice que el autor no debe saber nada de sus personajes, pero yo le contesto que cuando me siento a escribir necesito conocer toda su historia. Pues muy mal, me dice, porque los estás manipulando. También piensa que hace falta escribir tres tratamientos de una obra antes de que quede, pero por razones de trabajo yo la dejo a la primera, y no le quito ni una línea porque siento que me estoy automutilando. Es que uno no hace todo lo que el maestro le dice".
HABLAR DE DIOSEsta noche, Leñero y su esposa, Estela, cumplirán un ritual que tiene lugar los sábados, cada dos meses, desde hace más de una década. Una cena a la que también asisten Javier Sicilia, Ignacio Solares y Francisco Prieto, acompañados de sus esposas. El objetivo: hablar de Dios.
Hoy se reunirán en casa de Prieto, por el rumbo de San Fernando.
"Vicente es un hombre con una profunda fe en la tecnología y en la ciencia, y también en un Dios, no todopoderoso, sino todo amoroso. ’Yo creo que Dios’, dice, ’está orgullosísimo de tantos avances, que los ve y piensa: sigan, sigan desvelando secretos, porque ustedes son mis criaturas, están hechos a mi imagen y semejanza’. Ese es el optimismo profundo de Vicente. Cuando ha tenido dudas, nos cuenta, siempre le consuela pensar en las personas que admira y que han dejado testimonio de una fe profunda. ’Esas personas no están jugando, hay en ellas una fuerza de eternidad sin la cual no entenderían su propia vida. Yo les doy un voto de confianza a los que me precedieron en esta fe’. También le parece importantísimo el episodio de la Transfiguración porque, voy a utilizar las palabras de Vicente, ’¡ahí les cayó el veinte!’, hasta Jesús se dio cuenta de que era el Mesías. Son ideas sobre las que vuelve una y otra vez".
Prieto sabe el día exacto en que conoció a Leñero: el 6 de febrero de 1962. Le daba la clase de Periodismo I en la Ibero. Era el único maestro, dice, que proponía durante el break "cafetear" a los alumnos.
A Leñero le debe haber descubierto su voz literaria. Supo que algo andaba mal cuando, después de llevarle a leer varias obras de teatro, apesadumbrado le preguntó: "Paco, ¿por qué no cuentas lo que te pasa?".
"Pasaron dos o tres años y un día escribí un cuento violento, muy fuerte. Recuerdo que se lo llevé a Vicente y lo empezó y siguió y siguió hasta que acabó; entonces se le iluminaron los ojos porque por fin pudo decirme: ’esto está muy bien’. Fue la base de mi primera novela:
Caracoles".
AMISTAD Y RESERVAA Enrique Maza se le ocurrió el nombre de la revista. "Pero cuando Vicente dijo: ’
Proceso, Proceso, Proceso, ¡sí!’, ya nadie discutió".
Junto a Julio Scherer García y Leñero, el sacerdote jesuita forma parte de un trío que ha hecho historia en el periodismo. Los años han pasado, pero aún no se les quita lo guerrero. Suelen reunirse a comer en el San Ángel Inn. Ahí discuten con "pasión y convicción" de lo que se tercie, mucho sobre periodismo; se confrontan, pero jamás llegan a la ruptura.
"Vicente me tiene más respeto que a Julio, pero también me dice mis cosas, y yo igual. Una vez me acuerdo que escribí algo que no le gustó y me dijo tíralo a la basura, y por supuesto que lo hice. Lo que dice Vicente hay que tomarlo en cuenta, siempre".
Maza resume en tres palabras la obra de Leñero: sencilla, humana y profunda. "Respeto su manera de ser, sus libros, sus ideas. Hay un Vicente al que pocos llegan, como que guarda su distancia; no sabría decir cuál es la razón, si es por temperamento o convicción. Pero a la vez es generoso, cálido, nada soberbio; lo suyo es una combinación muy bonita de amistad y de reserva".
Una de las cualidades enormes de Leñero, afirma sentado en su iluminada casa de Tepepan, es no darse importancia. "Esa gente que es la trompa del tren... me pone violento. Vicente acompaña, va al fondo, y sabe lo que está en juego, que no es él, son otras cosas".
HOMBRE DE FESiente una "inmensa vergüenza" al recordar cómo se conocieron. Fue en los años 70, cuando lo entrevistó para la revista
Los Universitarios. Leñero defendía la Teología de la Liberación, que entonces Javier Sicilia criticaba, y el encuentro terminó con un arrogante mutis... del poeta.
"¿Te imaginas a un muchachito de veintitantos años criticando acremente al autor de
Los albañiles y
El evangelio de Lucas Gavilán, a quien al lado de Scherer enfrentó los embates del echeverrismo, a quien se había plantado con su catolicidad frente a los intelectuales de su tiempo y frente a la sospecha de la Iglesia por su libertad de espíritu? Era para que nunca más me hubiera dirigido la palabra".
Para Sicilia, Leñero es el escritor vivo que guarda mayor coherencia entre su vida y su fe. "Cada acto de su existencia está confrontado y medido con Cristo. Una ardua ascética. No sólo porque Cristo, en su realidad trascendente, no le deja reposo a la conciencia, sino porque procurar vivirlo, encarnarlo en cada uno de nuestros actos, implica en un mundo como el nuestro, donde declararse hombre de fe es siempre sospechoso, una difícil fidelidad. Vicente la ha mantenido".
Ambos son críticos con la jerarquía eclesiástica, afirma, pero el escritor es más radical. "Leñero mira al Vaticano como un insulto a Cristo y a la pobreza evangélica. Sin sus obras y su crítica, a la Iglesia de México le faltaría luz".
‘¡VAMOS A HACER TEATRO!’A Luis de Tavira, Leñero lo buscó en 1981 para ofrecerle dirigir su obra
Martirio de Morelos. El director de escena dudó en aceptarla porque, inscrita en el teatro documental, la sentía poco espectacular.
"Vicente lo cuenta en Vivir del teatro, pero su memoria es alevosa, por fotográfica, y eso esconde su selectividad. Resulta difícil oponérsele, pero en lo que a mí me consta, lo que vivimos juntos, suele poner en su boca las cosas que yo dije, y en la mía las que él dijo. Pero cuando se lo comento... me contesta que no es cierto", ríe el director.
Juntos enfrentaron los intentos de censura de la obra, en una complicidad artística que se extendió a nuevos montajes, como
Nadie sabe nada y
La noche de Hernán Cortés, y a la creación de la Casa del Teatro.
"Vicente es un hombre apasionado por conquistar el acceso a la verdad, lo cual hace que resalte en su persona el atributo de la sinceridad, la fobia a las imposturas y la hipocresía. Pero es también un hombre solitario; su búsqueda personal llega a un grado que lo vuelve inaccesible".
Tavira le agradece haberle enseñado que, ante todo, "el teatro es amistad". Y pone el mayor ejemplo: "Hace 20 años atravesé un periodo doloroso que me llevó a una crisis de alcoholismo, lo que me puso al borde de la muerte. Después de un proceso muy doloroso, tuve que plantearme la reconstrucción de la vida. El día en que salí de la clínica, fuimos a comer varios amigos, y nunca se me olvidará que Vicente me llevó a un rincón y me dijo: ‘¡vamos a hacer teatro!’”.
Indispensable, dice SchererEn unas cuantas líneas, el periodista Julio Scherer García, compañero de Vicente Leñero en
Excélsior y
Proceso, da voz a una amistad entrañable:
"En nuestra relación de tantos años, enfrentados a problemas mayores y menores, la palabra de Vicente Leñero ha sido decisiva en mi vida. Sus consejos, sus advertencias, pero sobre todo su juicio insobornable, me han llevado al límite de la gratitud que le profeso.
"Vicente me representa un camino recto, un horizonte claro. Si falleciera antes que yo, pienso que yo moriría dos veces. Ocurre así con las personas a las que llamamos indispensables".