Al asumir una voz masculina para indagar en el deseo de un padre por su hija adolescente, Ana Clavel produce una novela, en sus propias palabras, perturbadora.
Julián Mercader es el personaje en el que se recrea el mito de Tántalo, quien rodeado de agua y frutas no puede saciar su hambre ni su sed, condenado por Zeus a la eterna tentación sin satisfacción, tras divulgar secretos divinos entre los mortales, advierte la autora de Las violetas son flores del deseo (Alfaguara, 2007).
"La violación comienza con la mirada", reza la primera línea; "pero él no puede tocarla". El padre admite su impulso, pero se mantiene dentro de la esfera de la moralidad y transfiere su deseo irrealizable a un ritual que le permite esquivar la culpa y llevar al paroxismo sus obsesiones:
Siendo dueño de una fábrica de muñecas, decide manufacturar unos bellos ejemplares inspirados en el rostro de su hija, Violeta; una serie de muñecas adolescentes, sexuadas, a las que llama las Violetas, que le permiten admitir y explorar su necesidad.
Al exhibirlas en una feria internacional, las Violetas desatan el deseo de numerosos compradores que hacen encargos sobre pedido, de extravagantes características.
"Me interesa la fascinación por lo fetiche", comenta la también autora de Los deseos y su sombra.
La idea de las muñecas que desarrolla en esta novela de 131 páginas, explica Clavel, está inspirada en las niñas desnudas que solía pintar el artista polaco francés Balthus (1908-2001) y guarda relación con las muñecas desarticuladas del surrealista Hans Bellmer, cuya desnudez es acentuada por llevar únicamente calcetas y zapatos de escolar.
Esta última imagen, para algunos perversa, es "seductora" para la novelista e inspira la portada del libro, conceptualizada por la autora misma y fotografiada en blanco y negro por Rogelio Cuéllar.
Las Violetas..., admite Clavel, son a su vez un homenaje a Las Hortensias, cuento del escritor uruguayo Felisberto Hernández en el que introduce unas muñecas sexuadas con cuerpo adulto.
"Las Violetas retoman la tradición de Felisberto pero también aportan algo: son adolescentes, son vírgenes y sangran".
No se trata de una elaboración perversa, considera la escritora; todo lo contrario, es una exploración que reconoce la existencia de aquellas pulsiones que son puestas a prueba por la moral.
"Es una novela perturbadora porque lo que hace situarte frente a deseos que crees que nos son tuyos; pero en esa indagación, descubres que hay penumbras que te competen".
Clavel explica que a raíz de su novela anterior, Cuerpo náufrago (2005) —en la que rindió tributo a Orlando de Virginia Woolf, a través de la historia de una mujer que despierta en el cuerpo de un hombre— se preguntó por el deseo masculino.
"A manera de reto, quise trabajar desde una voz masculina que diera cuenta de su propio deseo, y qué mejor que un padre enamorado de su hija adolescente, que pudiera adentrarse en este universo de pasiones e instintos, que suelen acallarse y reprimirse".
"Lo que me interesaba es esta mirada sesgada, de exploración , y cómo el hecho descifrar en las muñecas su atracción, destapa un mundo de fantasía, en el que los papeles se subvierten entre quien desea y es deseada, entre la víctima y el victimario".