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Día del Padre entre inmigrantes

MARISELA IBARRA

FORT WORTH — Silvano Martínez es originario de Cuba; Enrique Lara, de México. Ambos llegaron a los Estados Unidos hace 6 años en busca de mejores oportunidades de desarrollo personal, pero sobre todo de un mejor porvenir para la familia que dejaron.

La lejanía de los seres queridos no ha mermado su afán de lucha, pero sí les ocasiona sentimientos encontrados en celebraciones tradicionales como la del Día del Padre.

Martínez recuerda que en esa fecha solía reunirse la familia completa: padres, hijos y abuelos. “Se organizaba una comida especial, mis hijos me daban regalos y convivíamos juntos todo el día”.

Ahora la distancia les impide seguir la tradición. “El Día del Padre en Cuba es también un día triste porque nos recuerda la ausencia del hijo, la hija, el padre o la madre que han emigrado. Sigue teniendo significado, pero para muchos como yo, el festejo es ahora una llamada telefónica”, dijo.

Lara “celebra” de manera similar el Día del Padre. Habla por teléfono a Monterrey 3 ó 4 veces a la semana para saludar y saber cómo están su esposa y tres hijas. “Tengo 6 años de no verlas. Este día ya no significa nada para mí y sólo me acuerdo cuando les llamo y me felicitan”, dijo.

“Me siento mal de no estar con ellas. Me he perdido la fiesta de XV años de dos de mis hijas, y la boda de una de ellas. No voy a visitarlas porque tengo miedo de no poder regresar y porque allá (en México) no les puedo dar todo lo que necesitan”, lamentó Lara.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM), una entidad intergubernamental creada en 1951, afirma que el flujo masivo de personas inmigrantes genera inevitablemente la separación de familias, como en el caso de Lara, pero también lo ocasiona el exilio político, como en el caso de Martínez.

Martínez es ingeniero agrónomo. Trabajó por mucho tiempo en el sistema educativo y años antes de salir de la isla, en el Ministerio de Agricultura, donde tenía un salario de 20 dólares al mes.

Hasta que esta oficina gubernamental confirmó que sus servicios “ya no eran necesarios para el país y que no había tenido acceso a información que pudiera ser usada por el enemigo”, obtuvo el permiso para viajar a EU.

En California, se reencontró con su hijo mayor, que es médico, y a quien no veía desde 1996. “Estando en Cuba, lamentaba no estar con Paco, y cuando llegué acá mi preocupación eran Sara y Fredy. Como padre, el dolor persiste por los que dejé allá”.

El primer trabajo de Martínez fue cosechar tomate y uva, luego limpió jardines y trabajó en tiendas de plantas. Desde que empezó a ganar 7 dólares la hora ha mandado dinero a sus hijos en Cuba. Estando en Los Ángeles se certificó como maestro y ahora enseña química en una preparatoria de Fort Worth.

Lara llegó a esta ciudad sin saber nada de inglés, pero su tenacidad y dominio de la albañilería le sirvieron para conseguir justo el trabajo que buscaba.

“No me voy de aquí hasta que me corran”, recuerda haber dicho Lara cuando encontró una oportunidad para trabajar con ladrillo, piedra y cemento estampado. Su jefe, en reconocimiento a sus habilidades, le contestó: “Nadie te va a correr”. Y efectivamente, ahí ha estado casi desde que llegó.

“Mi cuñado también trabaja en la construcción allá (en México), gana 1,500 pesos a la semana y no le alcanza. Yo gano 600 dólares a la semana, y aún restando mis gastos, tengo para dar lo necesario a mis hijas, principalmente la escuela que yo no tuve”, dijo Lara.

Informes de la OIM a marzo de 2006 revelan que el 5 por ciento de la fuerza laboral estadounidense son trabajadores sin permiso: Uno de cada cinco inmigrantes “no autorizados” labora en la construcción.

También reporta que la comunidad cubana en EU representa la tercera en número, luego de mexicanos y puertorriqueños, y que debido a su condición de exiliada política, goza de trato migratorio especial.

Martínez explicó que gracias a la “ley de ajuste cubano”, cualquier paisano que pise tierra firme de EU, sin importar si entró de manera legal o ilegal, puede solicitar su residencia un año y un día después de haber llegado a este país. “La conocemos también como la ley de los pies secos porque excluye a los cubanos detenidos en el mar, no importa si los descubren a unos metros de una playa americana”.

Ahora gana un promedio de 40 dólares la hora y hace unos meses se reencontró con su hija Sara, quien tuvo que esperar 8 años para que el gobierno cubano le permitiera salir, ya que “a los doctores no los deja tan fácil argumentando que la Revolución los necesita”, explicó Martínez.

¿Cuál sería el festejo ideal de un papá migrante? La respuesta parece obvia pero no por eso sencilla.

Enrique Lara quisiera traerse a su familia, pero su esposa ya estuvo un tiempo aquí y no le gustó. “Si pudiera (...) iría a visitar a mi familia, pasaría con ellas las fiestas familiares y regresaría aquí a trabajar para vivir más desahogadamente”.

Silvano Martínez quisiera que sus hijos pudieran elegir con libertad dónde quieren vivir, pero mientras eso no suceda, sigue trabajando empeñosamente en la reunificación de su familia.